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La palabra quebrada
Ensayo sobre el ensayo
Martín Cerda
Prólogo de Andrés Fisher

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Fecha de publicación:
29/09/2008
Colección: In/mediaciones
Rústica, 13.5x21 cm, 176 páginas
ISBN: 978-84-936358-1-7
PVP: 12,95 €

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I

 

Todo escrito fragmentario, llegado el caso de tener que justifi­carse, podría invocar una larga e ilustre tradición: Pascal, La Rochefoucauld, Swift, Chamfort, Lichtenberg, Novalis y, des­de luego, Nietzsche. Esa tradición no se ha agotado en nuestros días, sino que, al contrario, se ha sustantivado y diversificado en los escritos de algunos de los ensayistas más significativos del siglo XX: Walter Benjamin, Michel Leiris, Theodor W. Ador­no, Maurice Blanchot, E. M. Cioran, Roland Barthes y Kostas Axelos.

No se trata, sin embargo, de invocar un linaje formal, sino de justificar una forma, modo o práctica de escribir. Cuando hoy hablamos de los fragmentos de Heráclito, nos estamos, en verdad, refiriendo a los restos de un discurso perdido, zozobra­do. Cada resto o fragmentum apunta, en este caso, hacia la tota­lidad espectral de ese texto perdido. Cuando hablamos, asimis­mo, de los Pensamientos de Pascal, es costumbre recordar que ellos son un conjunto de «anotaciones» destinadas a la composi­ción de una obra total (Apología de la religión cristiana) que, por un motivo u otro, el autor no llevó a término.

No es en ninguno de estos dos sentidos que hoy hablamos de escritura fragmentada. Ni las máximas de Chamfort, ni los aforismos de Nietzsche, ni los fragmentos de Benjamin son, en verdad, los restos de una totalidad perdida, ni tampoco las «ano­taciones» para un libro total. Son textos expresamente concebi­dos, trabajados y ejecutados como entidades formales autóno­mas: una forma de escritura que, en lo esencial, responde no sólo a un determinado tipo de coyunturas históricas sino, ade­más, a un modo de mirar, asumir y valorar el mundo.

 

II

 

En las postrimerías del siglo XIX, al analizar los escritos en prosa de Baudelaire, Paul Bourget propuso un esbozo de lo que hoy podría llamarse una sociología de la escritura fragmentada. Para el autor de los Ensayos de psicología contemporánea, el hecho de que el texto literario se hubiese ido «desgranando» en unidades prosódicas cada vez más elementales e independientes, parecía corresponder al proceso de descomposición de una sociedad en sus diferentes «elementos» (clases, grupos e individuos) y, a raíz de lo cual, Bourget describió a la escritura resultante como un «estilo de decadencia». Nietzsche, que leyó atentamente los ensayos de Bourget, adoptó y radicalizó este punto de vista, hasta el extremo de que algunos investigadores, como Walter Binni, han llegado a endosarle la paternidad.

Todo escrito fragmentario implica, en efecto, una fractura, crisis o quiebre social y, al mismo tiempo, una infracción de todos los lenguajes que, de una manera u otra, intentan enmas­cararla o «taparla». Algunos de los mejores fragmentos de Rivarol, Chamfort o Lichtenberg arrastran, en sus más íntimas entra­ñas, la sombra degradada y degradante del Terror jacobino. Es posible que igual cosa ocurra con algunos de los escritos póstu­mos de Kant, cuyo carácter fragmentario ofrecen, según Lucien Goldmann, una tensión comparable a los «fragmentos aforísticos que tanto admiramos en Pascal y en Nietzsche».

El fragmentarismo de los Diarios íntimos de Baudelaire, sobre el que llamó la atención justamente Paul Bourget, puede ser explicado por el radical desgarramiento interno de la con­ciencia burguesa en la sociedad francesa hacia 1850. Cada uno de los fragmentum baudelaireanos parecieran indicar que la so­ciedad, como totalidad, se había vuelto invisible e indecible y que, en último trámite, sólo podría ser proyectada en la escena incierta de los sueños.

No otra cosa, en verdad, decía Baudelaire.

«Síntomas —escribía— de ruinas. Edificios enormes, unos sobre otros. Departamentos, cuartos, templos, escaleras, mira­dores, linternas, fuentes, estatuas, figuras, lagartos. Humedad proveniente de un desaguadero situado en las inmediaciones del cielo  […]. Veo en los sueños cosas tan terribles, que algunas veces quisiera no dormir”.

Cuando hoy leemos fragmentos como este, sorprende que Apollinaire haya podido, a comienzos de siglo, negarle a Baudelaire todo sentido, «don» o instinto profético. Muchos de sus fragmentos parecen, en efecto, haber sido escritos sólo ayer, y no dejan de asemejarse, por su tono y contenido, a algunos textos de Walter Benjamin, a muchas páginas del Diario de Ernst Jünger y a los últimos aforismos de Karl Kraus.

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