I. Los Señores del Destino
El Primer Señor alisó los pliegues de su túnica azul y comenzó a hablar:
–Baja el volumen de la música, así no podemos entendernos.
El Segundo Señor obedeció la orden y se escuchó un eco lejano y metálico.
–Yo no sé quién la pone tan alta –se quejó el Tercer Señor.
–Debe ser el vigilante del Archivo de Destinos –opinó el Cuarto Señor.
–Así está mejor –respiró el Quinto Señor–, esta musiquita de las esferas celestes me da por las bolas.
–Bien, empecemos –habló de nuevo el Primer Señor–. ¿Está muy llena la agenda para hoy?
–Llenísima. Así como vamos no podemos seguir. Se necesitan más computadoras, más personal, o modernizamos la oficina o esto se va a poner imposible. ¡Cómo quieren que procesemos tantos destinos sin los equipos al día! –se lamentó el Cuarto Señor.
–Y que ahora la gente se ha puesto muy exigente. Antes cada cual con su destino que le tocaba y sin protestar. Ahora no, ahora todos quieren ser felices –comentó el Segundo Señor.
–Como si fuera tan fácil –suspiró el Tercer Señor–. La felicidad de unos es la desgracia de otros.
–Bueno, bueno. Menos conversación y vamos al asunto.
Empieza a leer la agenda –ordenó el Primer Señor.
–¿Salto guerras, persecuciones étnicas, catástrofes naturales y afines? –consultó el Segundo Señor.
–Sí, sí, salta todo lo que no tiene remedio –le contestó el Quinto Señor –, vamos con los casos individuales pendientes.
–Aquí hay uno de finales del siglo XX. El caso de una mujer que se llamó Malena –observó el Segundo Señor.
–¿Años?
–1957 a 1992.
–¿País?
–Venezuela.
–¿Venezuela? –exclamaron sorprendidos y al unísono los otros cuatro Señores.
–Busca el mapa de la esfera terrestre –pidió el Quinto Señor–. No tengo la menor idea de dónde está eso.
–Bueno, es igual. Que alguien lea el reclamo –urgió el Primer Señor.
–El caso es que esta mujer –leyó el Segundo Señor– reclama que no le ha gustado ninguna de las vidas que le han tocado y que no cumplimos lo prometido.
–¿Qué era lo prometido? –quiso saber el Tercer Señor.
–Lo prometido era una vida de mujer moderna. Así parece que le dijimos –continuó leyendo el Segundo Señor–, y considera que no ha sido moderna la vida que le dimos.
–Yo de las mujeres estoy hasta la coronilla –gruñó el Quinto Señor.
–Revisa si está inscrita en algún movimiento feminista. No quiero problemas con esa gente –advirtió el Cuarto Señor.
–No dice nada.
–A ver si ha hecho algo de particular. Con las mujeres destacadas tampoco es bueno tener problemas. Enseguida te dicen que las descalificas por sexismo –intervino de nuevo el Quinto Señor.
–Es una mujer normal y corriente. Clase media, divorciada, un hijo. Trabajaba en una empresa de seguros.
–Pues no sé de qué se queja. Le ha podido tocar peor –volvió a refunfuñar el Quinto Señor.
–Yo creo –afirmó el Tercer Señor –que es necesario reconsiderar el caso. No se puede ser tan prejuiciado. Si hay un reclamo hay que saber por qué es el reclamo. Los Señores del Destino tenemos una responsabilidad.
–Tiene razón el compañero. Abierto el caso –decidió el Primer Señor.
La música de las esferas celestes resonaba al fondo. Los Señores del Destino, envueltos en sus túnicas de colores fríos, activaron las computadoras y recuperaron el archivo de Malena 1992.
-Es bastante largo –dijo el Segundo Señor después de revisar el documento–. ¿Lo leo todo?
–Sólo el último año.
En 1992, en Caracas, había amanecido un sábado neblinoso y húmedo. Los asistentes al foro psicoanalítico sobre La ciudad de las mujeres salían de la cinemateca y llenaban los jardines interiores del edificio. Llovía y Malena tuvo un breve estremecimiento de abandono cuando cruzó la calle y se dirigió al estacionamiento. Encendió el motor y cuidadosamente puso en marcha el automóvil. Las calles estaban mojadas y Malena siempre descuidaba el arreglo de los frenos.
Abrió la puerta del apartamento y entró en su habitación.
Sobre la cama se desparramaba la ropa, algunos libros, cremas hidratantes, un secador de pelo. Así que me voy, pensó, así que me voy, repitió en voz alta, percibiendo el desagradable sonido de la voz en soledad. Continuó llenando la maleta, dudando entre las piezas de ropa, desechando algunas, probándose frente al espejo otras. Me queda muy mal este pantalón, muy ancho. El color de esta blusa me mata. Revisó la ropa interior, hizo espacio para las pantaletas, metió todas las que tenía, para no estar lavando, forzó un poco una esquina para que cupiera un cinturón, finalmente guardó los trajes de baño. Se detuvo entre los dos-piezas y los una-sola. Se probó el dos-piezas y un rollito de grasa en la cintura la convenció de dejarlo fuera. Al regreso me meto en aeróbics, pensó, pero lo había pensado muchas veces y no lo había hecho. ¿A qué hora son los aeróbics? Por la mañana temprano, ¿cuando llevaba a su hijo al colegio?, a mediodía, ¿cuando tenía un almuerzo de trabajo?, o por la noche, ¿cuando estaba agotada? Los aeróbics no tenían lugar en su vida.
Seguía lloviendo a través de la ventana, el tráfico abajo se enlentecía. La ciudad cuando llovía le parecía desolada, llovía despacio, estaba oscuro, un sábado vacío, sobre la acera las bolsas de basuras se mojaban y se les salía el contenido, decadencia urbana. Urban decay, era una frase que recordaba de una película de David Lynch.
Continuó metiendo la ropa en la maleta y comprobó con alegría que su conjunto de playa preferido seguía quedándole espectacular. Sin embargo, un fragmento de cansancio se coló entre los pliegues de la blusa que doblaba en ese momento. Un fragmento que formaba parte de la misma decadencia urbana que dejaba entrar el olor de la basura en una ráfaga de viento.
Unas filas más adelante de ella, en la cinemateca, había visto a Alfredo Rivero. Tuvo el estremecimiento habitual al encontrarlo, por lo que trató de evitar el saludo a la salida, pero inexorablemente se había hecho presente.
–¡Hola! Cuánto tiempo sin vernos, estás perdida.
–¡Hola! ¿Qué es de tu vida?
–Lo mismo, ¿y tú, estás empatada?
–Más o menos.
–¿Cómo es eso?, ¿por qué no me cuentas?
–No tengo tiempo, me voy esta noche de viaje.
–Oye, chica, pero vamos a vernos. Tú sabes que siempre eres para mí muy especial.
Malena se sintió como unos langostinos al curry, pero contestó amablemente:
–Bueno, al regreso te llamo.
–¿Seguro?
–Sí, sí, seguro te llamo.
Uno debería ir olvidando a medida que vive, ir olvidando todo el pasado, y también que ya ha pasado, incluso olvidar el futuro. No tener esa conciencia historicista de uno mismo que jode tanto. Cada vez que recordaba los episodios culminantes de su vida le parecía que eran como los huecos de las calles: casualidades interpuestas para meter la pata. Su psicóloga posdivorcio le había dicho que se llamaban procesos. «Estás viviendo un proceso.» Esa frase quería borrarla, no decirla más nunca ni oírsela decir a nadie más nunca. ¿Quién puso de moda esa frase?
–Quién es Alfredo Rivero? –levantó la cabeza de la pantalla el Segundo Señor.
–Te has saltado un pedazo. No se entiende nada –dijo el Primer Señor.
–Ahora archivan muy mal los documentos –murmuró el Cuarto Señor.
–Alfredo Rivero todavía está en la esfera terrestre –observó el Segundo Señor–. No aparece el documento de su última vida.
–¿Quién cruzó esos destinos? –preguntó el Tercer Señor.
–No nos acordamos –contestaron a la vez los otros cuatro Señores.
–Creo que fui yo mismo –dijo después de un rato el Tercer Señor–. Sí, ahora me acuerdo. Se encontraron en un cine y yo hice que Alfredo Rivero le regalara un libro de poemas.
–Las mujeres que tienen debilidad por los hombres que les regalan libros de poesía son las que más reclaman –aseveró el Quinto Señor.
–Sigue leyendo, a ver si encontramos dónde está el rollo –ordenó el Primer Señor.
Obedientemente el Segundo Señor volvió al monitor.