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Cruz de olvido
Carlos Cortés

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Fecha de publicación:
21/01/2008
Colección: Las eras imaginarias
Rústica, 14 x 21 cm 470 páginas
ISBN: 978-84-935969-3-4
PVP: 22,00 €

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Capítulo I. MANAGUARDIANTE

«En Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang», me dijiste
    Había estado rumiando y escupiendo aquella frase mientras cargaba y descargaba mi viejo jeep Willis con diez años de revolución sandinista cuando recibí una llamada telefónica que me cambió la vida, como no lo había hecho antes ni siquiera la insurrección, ni el amor, ni quizá la muerte.
    Siempre había creído vivir antes de la historia, en sus márgenes, en la esquina más alejada de Occidente, en la periferia del mundo. O al menos lo había intentado. Y una llamada telefónica del Panameño lo cambió todo.
    Mi hijo Jaime, de dieciocho años, y seis compañeros más, habían aparecido aquella mañana crucificados, decapitados y mutilados en La Cruz de Alajuelita, una inmensa cruz de metal que domina la ciudad de San José desde una estribación montañosa. El siete siempre ha sido mi número preferido. La cábala de mi maldito destino.
    Sus cabezas aún no aparecían y los cuerpos fueron identificados por testimonios de familiares y los documentos regados en un polvo de sangre. Ese era el rápido flash informativo que añadía algo más: «Puede que sí, puede que no».
    Era improbable que Jaime estuviera entre los cuerpos, pero ni siquiera yo podría identificarlo.
    Eran pasadas las cinco de la tarde en Managua y la antigua ciudad de Somoza me pareció, como me había ocurrido en los peores años de la revolución, un mundo espectral, como si el polvo del terremoto de veinte años atrás y de la conflagración universal que seguíamos viviendo se hubiera vuelto a levantar y todo lo dejara en suspensión, envuelto en una asfixiante gasa de arena y calor infernal.
    Sentí nuevamente, como unas pocas veces en mi vida, que una mano invisible se abría paso entre mis entrañas y limpiamente me arrancaba el estómago o lo que hubiera allí, dejándome un vacío incurable. Segundos antes pensaba todavía que seguiría mi camino como mercenario de la izquierda latinoamericana en México, pero el pasado no perdona, como dice la canción de Rubén Blades.
    Mientras atardecía y nos consumíamos en aquel ron amargo del atardecer seguía cargando estúpidamente mis cosas en el jeep. Cuando estuvo cargado y bien cargado mi pasado me mantuve al menos una hora con el motor encendido y la mente perdida en un lugar a donde uno llega una sola vez en la vida.
    Jaime debió haber sido mi único hijo y ahora, de pronto, me sentía víctima de una extraña liberación, como flotando en el aire enrarecido de aquellas agónicas demoliciones que hacen de Managua una ciudad sin centro, un pueblo fantasma en el medio de un desierto de barriadas perdidas, urbanizaciones condenadas y callejuelas que van a ninguna parte. Me vi a mí mismo a los 12 años escapándome del colegio y solicitando los periódicos amarillentos en la Biblioteca Nacional para enterarme del asesinato de mi padre, nunca del todo aclarado, a pesar de que mi madre y la familia entera aseguraban que solo había sido un accidente.
    «Un accidente». Esa era la palabra con la que podría denominar mi infancia.
    Entré por última vez a mi casa cerca del lago. Había sido de una prominente somocista que ahora vivía en Miami. Era la casa en la que había transcurrido más de una década de una sobrevivencia miserable, tanteando algo en la oscuridad. Los apagones en aquella época eran constantes y después de las seis de la tarde muchos sectores volvían a las tinieblas. Entonces los mendigos salían de las estructuras en ruinas y se lanzaban sobre los automóviles, enceguecidos por la luz repentina de los faros, detrás de alguna moneda.
    Busqué a ciegas la subametralladora Uzi que el Comandante Cero me regaló años después del asalto al Palacio Nacional. La sopesé en mis manos y me di cuenta de que no sabía usarla y que de todas maneras no la usaría nunca. La puse con los otros trastos viejos. Ahora que recuerdo todo se me cruza, todo me persigue, como si no pudiera salir limpio de aquella masa compacta de recuerdos. Creo que llamé al periódico o a la agencia de noticias. El teléfono timbró indefinidamente hasta que se cortó la comunicación. Quizá por lo absurdo de la hora y por la inutilidad de mi propósito nadie contestó mi llamada. En el fondo, no quería que nadie respondiera.
    Oí, como muchas veces durante aquella década que se agotaba, mi propia respiración a través del auricular, tratando de percibir si la línea estaba interceptada, liberando las últimas cenizas de paranoia. En los pocos ascensores que aún funcionaban en Managua me ocurría lo mismo: escuchaba aquel mecanismo descompuesto que me hacía subir y descender por la columna vertebral del poder. La luz se suspendía. Durante algunos minutos podía gozar de la nada, mientras afuera los compas trataban de extraerme de aquel útero de metal que no quería devolverme a la luz.

    La ciudad respiraba un aire de fin de revolución y yo también me consumía. Había vuelto a ingerir enormes cantidades de ron y a sudarlas durante la madrugada. «Las ratas de mierda somos las primeras en abandonar el barco», me decía continuamente.
    La noche anterior a la llamada del Panameño, Barricada Internacional ofreció una fiesta de despedida en mi honor. El diario donde trabajaba desde el triunfo estaba a punto de desaparecer, como toda nuestra mascarada. El hotel Intercontinental, el Inter, al igual que media Managua, permaneció a oscuras y a alguien del Ejército Popular Sandinista, el EPS, se le ocurrió sembrar la piscina de unas bombonas rumanas de gasolina que sirvieron como rústicos candelabros de guerra. Así nos alumbramos y ni siquiera la lluvia, que convirtió el jardín tropical en pantano, hizo que se apagara su flama azul.
    Chuchú Martínez entró esa noche en medio de la turbamulta de periodistas, corresponsales extranjeros, diplomáticos, compas y burócratas internacionales que se aburrían como ostras en esta ciudad sin ciudad. ¿Por qué Chuchú aquella noche? Todos deambulábamos entre fiesta y fiesta. Soportábamos el tráfago de la sinrazón empapándola en Flor de Caña y sudor. A la jauría de periodistas y corresponsales se nos habían unido algunos tigres de Sandino, viejos camaradas y los pocos internacionalistas –sandalistas les decíamos– que aún quedaban en Managua después de la debacle que provocó el triunfo de doña Viole. Dios mío, la doña Viole: la Viuda, la Madre, la Abuela, la Santa Madre, la Madre de Dios, la Virgen María.
    Ella era todo eso.
    Ya para entonces Chuchú –o José Antonio de Jesús del Carmen de las Bocas del Toro y Martínez Fitzgerald, Chuchú para los amigos y para las putas– se había convertido en lo que estaba predestinado a ser: un personaje de Graham Greene. El mejor amigo del general Torrijos y uno de los míos vivía en México desde la invasión a Panamá y solo volvió a Managua a despedirse. A despedirse de la revolución y de la vida. Pero su presencia aquella noche me espeluznó. Chuchú me regaló la pistola con la que mataron –¿debo decir, acaso, con la que maté?– a la Comandante Laura.
    Desde la caída de Noriega se había dejado crecer una luenga barba blanca que lo hacía verse como una mezcla tropical de Karl Marx y Abraham. Entre los dos ganaba el patriarca o, más bien, triunfaba desconsoladamente su destino de profeta fracasado sin tierra prometida. La sensación de fracaso era nuestro poquito de cianuro cotidiano que ingeríamos en ayunas, antes y después de cada bebida.
    Luego de aquella fiesta no nos volvimos a ver y poco después supe que se me murió. El pasado no perdona. No debo llorar por nadie, pero mucho menos por él. Graham Greene lo volvió mucho menos mortal de lo que yo nunca he sido al convertirlo en personaje de uno de sus libros. Debo de llorar por mi hijo Jaime.
    Sin embargo, aquella noche de Walpurgis en la vereda tropical se alegró al verme y al abrazarme con la fuerza invencible de quien sabe que lo ha perdido todo y puede, a pesar de eso, entregarse en un abrazo final. Al día siguiente yo me acordé de la presión exacta de ese abrazo en el instante de conocer la muerte de Jaime y nuevamente comprobé que durante mi vida solo había buscado una cosa en el mundo: el abrazo de mi padre.
    Había buscado todos aquellos años a un padre con la misma esperanza ciega con la que conocí de su muerte a los doce años, por unos periódicos amarillentos, pensando en que no podía haberse muerto. Era la misma esperanza con la que esperé hasta el final el regreso de Jaime. Ahora quedaba, de nuevo, como otras tantas veces, libre, al igual que me había ocurrido después de la locura de mamá, de mis divorcios o de las sucesivas rupturas amorosas –Lucía, Anitta, la Comandante, Irene, Sandra– con que estuvieron tatuados mis años de hastío en Managua. Porque después de la excitación revolucionaria solo queda el hastío.
    Más que libre me sentí esclavo de un sentimiento de liberación que de pronto me lanzó al vacío y más tarde a una tristeza más allá de la tristeza. A la infelicidad. O a la conciencia de la infelicidad. Era el hecho de saber que no sos de nadie, que no tenés ninguna amarra con el mundo y que solo sobrevivís enredado a unos pocos hilos deshilachados de tiempo perdido en la memoria. Mi niñez probablemente feliz en los bananales de la Chiriquí Land Company, en Panamá, donde mi abuelo fue maquinista de primera clase y mi abuela enfermera del hospital militar contra el paludismo. Mi adolescencia seguramente estúpida en el Valle Central. Mis poquísimos días como aprendiz de cinéfilo en París o en Praga. Mi vida de adrenalina en adrenalina como sucesero en La Hora y, por supuesto, el triunfo, la Revolución, mis amores perdidos con Lucía Re –¿dónde estará Lucía Reyes?–. O también algunos nocheydías alucinantes con Laura, la Comandante. No conocí con ella el amor ni la placidez, pero sí la pasión y el desasosiego, a ratos el odio, pero siempre un amor tan fuerte como el odio.
    Busqué a Chuchú y a otros amigos aquella noche de Walpurgis, en la vereda tropical, pero la mitad de los cuates ya se había largado de Managua. La otra mitad no me servía. Vivía en una juerga interminable después de las siete u ocho de la noche en El Lobo Jack o en Los Ranchos. Un inmenso palenque de paja en forma de cono, en Los Ranchos, el restaurante preferido de Somoza y de los comandantes, era lo único que dividía la ciudad fantasma del cielo cargado de estrellas.
    ¿Había decidido volver? No. No tenía más remedio que volver. Durante décadas rehuí mi difusa identidad. En la escuela aprendí que la patria –aquella abstracción moderna– era una especie de trapecio entre el Caribe y la Mar del Sur, en el límite más lejano de Mesoamérica y del imperio azteca. Un paisesito de mierda, decíamos en los años de los heroicos furores. Un país que no existe sino en el olvido, agregaba yo.
    Había decidido volver. ¿Por qué no? Hay que aceptar la geografía como la maldición que es. ¿Para qué volver a un lugar sin unidad espiritual, a una tierra sin historia, a una nación sin identidad? No quería volver y enfrentarme al fracaso de no haber llenado de sentido aquel territorio. Un trapecio incombustible como una balsa de selva en un Caribe en llamas. Había decidido volver y consumirme en mi miserable pequeñez de exiliado, mercenario de una revolución acabada.
    Era un país de mentira al que yo conocía, aunque en realidad uno nunca conoce un lugar que no ama, solo lo acepta. Un país cuya meseta, en el centro, vigilada por el rostro sin ojos de la enorme cruz de Alajuelita, permanecía aislada del resto del mundo y de la historia por un cerco de lluvia y por la omnipresencia de las montañas. ¿Cómo evadir aquellos montes? El cerco de la paciencia, la selva de la tranquilidad.
    «En Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang», le había escuchado decir a Nacho, un cooperante español.
    «No pasa nada», me susurraba a mí mismo, «desde el Big Bang», en una mueca interior de desprecio, haciendo caras frente a un espejo roto, aunque el desprecio no era hacia aquella Costa Risa de la que se burlaban los propios costarrisibles, sino hacia mí mismo y mi fracaso. Había hecho lo posible por escabullirme de aquella fatídica metafísica del ombligo a que nos había reducido nuestra completa orfandad de conciencia histórica, de identidad ideológica. Escaparme de nuestro infiernillo menor y sus pecados veniales, del pueblo pequeño y del infierno grande, que a veces nos hacía emular una horrorosa, imposible quimera igualitaria, una utopía adocenada y asfixiante.
    Ya no éramos la arcadia agrícola de las guías turísticas. ¿Qué éramos? ¿Una vitrina de la democracia? Hace diez años yo no quería democracia, quería una revolución. Ahora volvía a la mediocre seguridad de la que nunca había logrado salir, de la pequeñez de la que es inútil intentar escapar.
    Escapar. Ya era muy tarde. Todo estábamos presos en el mismo redil incestuoso, porque la única maldición peor que la geografía es la familia. A todas partes irás con tu maldita hermandad a cuestas, sin salir de la casa, como una fatalidad doméstica, porque nosotros, los costarrisibles, éramos una familia.
    Recorrí por última vez las largas, ardientes, encerradas horas muertas de Managua. Solo una bocanada de aire caliente vino a despedirse desde la garganta viva del lago. Con la ciudad a oscuras todavía era posible percibir cómo lo sólido se descomponía en el aire. Volví a surcar los senderos de la ciudad apagada, a recordar la pirámide kitsch del hotel Intercontinental, a ver en la memoria la flama permanente que recuerda a las víctimas en la toma del búnker del cerro de Tizcapa, a entrever los cascarones desvencijados de los antiguos edificios dictatoriales a lo largo de la desaparecida avenida Roosevelt. Por aquí y por allá vi los vestigios de una Managua que no conoceré, zonas irreales de un trazado real, ruinas inverosímiles de algo que alguna vez tuvo sentido, palimpsestos de una escritura urbana que el terremoto cuarteó.
    A pesar de los apagones, durante aquella noche oí un ejército de camiones IFA, de Alemania Oriental, y de helicópteros rusos desmontando ruidosamente el Estado y llevándoselo para la casa. Trasladaban electrodomésticos, mobiliario, oficinas, ministerios, a veces edificios enteros. Como si se tratara de maquinaria pesada se lo llevaron todo. «No se cogieron el lago de Nicaragua porque no les entró en el jeep», me dijo alguien en aquellos días.
    Me dirigí al majestuoso salón de madera y vidrio del centro de convenciones financiado por los europeos y erigido a la memoria del primer ministro sueco asesinado, Olof Palme. El edificio era una curiosidad. Fue lo único que se construyó en Managua durante la revolución. La movilización de seguridad y de agencias de noticias me aseguró que Ortega se encontraba en el recinto acordonado. Avancé sin detenerme a través de los retenes policiacos. El último acto oficial de la Revolución comenzaba.  
    Ingresé en el anfiteatro y me conmovió escuchar de nuevo los cantos de guerra de quince o veinte años atrás y ver a los muchachos llorar por última vez. Se me aguaron los ojos cuando recordé las palabras del general Torrijos: «Dudo mucho que entreguen por los votos lo que tanto les costó conseguir con las balas».
    Por primera vez desde la campaña política vi a los comandantes de la Revolución con la vieja pañoleta rojo y negro alrededor del cuello. Respiré en el aire un hálito de infinita tristeza y me sentí inmensamente solo, más solo que nunca. Algunos en el estrado principal y en la multitud, alrededor de la ceremonia, me hicieron señas que se diluyeron en el lente desenfocado de mis ojos. Escuché el himno del Frente y una interminable cantinela de discursos y promesas que traté de retener, pero no conseguía alejarme del cadáver real de un hijo imaginario.
    En Managua nadie supo nada sino hasta mucho más tarde. Nadie asoció el nombre de un periodista de Barricada Internacional a las víctimas de aquella catástrofe lejana en la Suiza centroamericana. Sin duda, estábamos en el final del camino. Nadie se sorprendería de mi actitud. Para quienes me tomaban por un extranjero oportunista –como más o menos éramos los internacionalistas, compañeros de viaje, cooperantes, trotskistas y otros bichos raros de la izquierda mundial–, no era extraño que estuviera sobresaltado por mi inminente expulsión. Para quienes me veían como un compa era aún más fácil entenderme. Ellos, por lo menos, seguirían teniendo algo parecido a un país. Para mí, en cambio, era la desbandada, el fin de la pachanga.
    Yo tendría que mudarme de ideales, no solo de país. Por eso me sentía como el hombre más solo del mundo bajo la noche tropical.
    Asistía al entierro de una parte del mundo y al final de una rebelión que había acabado por devorar a sus hijos. Unos meses antes lloramos el derrumbe del muro. ¿Y ahora qué? Las ruinas.


[…]

 

 

 

 

 

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