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Sexto sueño
Marta Aponte Alsina

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Fecha de publicación:
26/11/2007
Colección: Las eras imaginarias
Rústica, 14 x 21 cm 252 páginas
ISBN: 978-84-935969-5-8
PVP: 18,00 €

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Ya.

Dejé caer la escobilla entintada en el guante de mi asistente y alcé las manos. Se me humedecieron los ojos. Me irritaba el formol ineficaz como un perfume de lujo en una carnicería. La hedionda franqueza de los muertos en su mejor momento, el que sigue al último suspiro y se extiende durante unas horas, es imborrable, y cada muerto tiene esa gracia.

El cadáver de Nathan Leopold, imbuido por la gracia indeleble, no disentía de una historia excepcional. Sentí que el corazón me ardía justo antes de acariciarle las tetillas y estirar los vellos canosos con las puntas de estos dedos templados en la serenidad de un carácter que mi único marido oficial calificó de «indiferente a la vida». Pobre marido, pasó por la mía sin hacer escala, aunque no le faltaba un poco de razón. Yo destilaba ternura en los ambientes fúnebres, sobre todo en el teatro de la sala de disecciones. Me conmovían las narices puntiagudas, las mejillas hundidas, los labios azules, las orejas moradas que ya no disimulaban la fealdad propia de las orejas.

Quienes practicamos con dignidad los oficios de restaurar cadáveres o de escarbarles las interioridades cortando de la piel hacia adentro somos sentimentales. Cuando alguien muere lo abandonan sus deudos, nosotros no. Sin reclamar la generosidad de un amigo compartimos la soledad más repulsiva.

En presencia del muerto célebre me embriagaba la belleza de lo que estaba a punto de hacer, como me fascinó, aunque no guardo una imagen clara de la ocasión, el primer bolero que oí en mi vida, el que repite amor tres veces y asegura que la esperanza es la madre de eso que las niñas bobas de mi generación llamaban el acto.

Recuerdo otro bolero y otra tarde, cuando salí de la escuela y me desvié del camino a casa para visitar a un músico empeñado en ser mi primer amante. Mamá y abuela celebraban sesiones espiritistas a plena luz en el comedor caluroso. Como en aquel tiempo yo prefería el trato de los encarnados al coloquio de los muertos, raras veces me sentaba con ellas a la mesa. Una tarde el músico vivo me recibió desnudo, pavorosamente listo, tocando al piano un bolero que sí me gustaba, «ensueño clic clic de copas de champaña que embriagan locas mi pasión». Soy bebedora de tequila, no me impresionan las burbujas, pero el talento del músico me aficionó al placer sin dobleces.

Soy cortadora de hombres y compositora de boleros. No me extendía demasiado en la respuesta si me preguntaban sobre mis dos oficios, como si no fuera obvia la clave del acercamiento entre ellos, sobre todo cuando los interrogadores eran hombres ajenos a la profesión médica y les parecía un enigma, tan incómodo como estimulante, que estas manos suaves y bien cuidadas, generosas en los gestos de la cocina y la caricia, taladraran fémures y rebanaran hígados humanos con la misma apasionada precisión que impartían al masaje erótico o al aliño de platos suculentos. Jamás confesaba una creencia que hubiera exacerbado el temor de mis amantes: existe una afinidad entre disecar cadáveres e inventar boleros, inadvertida para quienes viven distanciados de su propia descomposición continua, pero evidente en la llana sabiduría popular que atribuye a la influencia de ciertos aires el deseo de cortarse las venas.

Sonreí al muñeco que me asistía invitándole a que me secara la frente, no porque estuviera sudada sino por pura desvergüenza. La presión de las manos del muchacho provocaba un deleite voluptuoso, así como la carne difunta atiza los signos vitales. Todas las pérdidas avivan la intensidad del placer y yo no nací para renunciar al placer. Me he sentido tan dispuesta a disecar el cadáver de un hombre como a tomar la medida del aire con una nota musical.

Cuando no disecaba cadáveres, yo Violeta Cruz, componía boleros; cuando los disecaba también, en la intimidad silenciosa de la garganta. Los temas de mi inspiración sobreviven en programas radiales dedicados al recuerdo de aires desgarradores, pero la mayoría sólo los canto yo, como la parodia que inventé mientras marcaba en negro la ruta del corte.

Duerme mi niño feo / duerme, mi niño inerte / que el sueño de la muerte / hincha más que el boxeo.
Cuando el corazón / deja de latir / ¿adónde van los tendones, las venitas, los alveolos?, / ¿adónde los pies, adónde?

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