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El poder de la palabra de Martín Cerda, por Antonio Jiménez Morato La publicación de este libro sirve para rebatir una vez más la idea de que Chile sólo exporta poetas. Lo hace mediante un ensayo de radiante tensión que no puede pasar desapercibido entre el marasmo de novedades inanes.
En síntesis
El subtítulo, Ensayo sobre el ensayo, aporta suficientes pistas al despistado sobre el contenido del libro. El autor hace un repaso histórico al género, desde su “prehistoria” griega –Sócrates y Platón–, hasta el siglo XX: Lukács, Benjamin y Barthes, sin olvidar al fundador del ensayo, Montaigne, o a su tótem personal: Ortegay Gasset. Intenta encontrar un sentido último para el género, rescatando su esencia primigenia como herramienta para quebrar el gastado discurso dominante
La cita «La escritura está, en nuestros días, inscrita en la calle: recoge sus gestos y ademanes más elementales, investiga en sus lugares más ocultos e inquietantes, registra lo que en ellas e dice, murmura»
El autor Nacido en 1930 en Antofagasta, la ciudad más al norte de Chile, moriría tras ver arder toda su biblioteca con tres de sus manuscritos inéditos en la ciudad más austral del país, Punta Arenas, donde se había instalado gracias a una beca universitaria contando ya con 60 años. Dicho accidente le provocó una dolencia cardiaca que acabó con él en mitad del invierno de 1991. Durante esos 60 años destacó por su posición política progresista, por su fervor intelectual y por sus dos libros únicos, La palabra quebrada y Escritorio.
El comentario
Una visión purista del género Cerda va mucho más allá de la mera historiografía, ya que logra fijar la importancia del género dentro de la literatura actual. El lector de hoy puede encontrar tan solo en la continua búsqueda del ensayista el hecho diferencial de la literatura, del poder de la palabra. Una esencia que necesita quebrar el signo en la búsqueda del referente real, el discurso –de ahí el título– para ir más allá de la representación, para tocar la realidad misma, caso de que esta exista. Ahí es donde la posición extrema del ensayista se hace más socavadora. Cerda recupera la raíz etimológica del ensayo, el término ‘exigium’ (pesar),que Montaigne tuvo presente al tantear, pretender buscar la verdad a través de sus textos, ya que el ensayista va más allá de la mera glosa de un libro o una obra de arte, sino que las usa como trampolín para hablar del mundo, como detonante del pensamiento. Frente a la proliferación de géneros que, aunque cercanos al ensayo, tienen en realidad una función más práctica, casi instrumental, se postula una visión purista del género, concebido como un texto que es solo en apariencia superfluo. Aunque ante la utilidad de esos textos similares –monografías, tratados, manuales, crónicas –puede parecer prescindible y agotarse en sí mismo, en realidad el ensayo hace de esa aparente carencia su auténtica virtud, porque en esa búsqueda constante late su verdadero objetivo: ser la semilla que ha inoculado en la mejor literatura actual la sospecha hacia el lenguaje y, por extensión, nuestra concepción del mundo. |
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