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Sexto sueño, por Miguel Ángel Muñoz
El síndrome Chejov, 21/04/2008

Si la muerte no entra en los planes de los jóvenes escritores españoles como motivo literario, como argumento de reflexión, esta novela es inactual, antigua, decadente, mortuoria. Una bendición, entonces. “Sexto sueño”, de la portorriqueña Marta Aponte Alsina, es una novela que contiene muchos ataúdes matrioshka. Un muerto dentro de otro muerto no hace dos muertos sino que compone una historia llena de referencias y sombras macabras. Aponte Alsina inventa a una forense que expurga y disecciona cuerpos pero también compone boleros y que ve en las circunvoluciones de un cerebro abierto el signo sensual de una posible explicación del universo y la vida. Las manos de esta médica, reina del cha-cha-chá, diseccionarán el cadáver de Nathan Leopold, uno de los dos autores de un crimen monstruoso que convulsionó a los Estados Unidos de los años 20. Junto a Richard Loeb, Leopold mató a Bobby Franks, un niño al que eligieron por azar, pensando que el tratarse de un crimen inmotivado les alejaría de la policía y les haría creadores del crimen perfecto. Origen de películas como “La soga” o “Impulso criminal” y presente en cómics como “Ice haven” de Daniel Clowes, el argumento del crimen al azar, sin motivo, forma parte de la mitología de nuestro tiempo, el psychokiller, el asesino de masas. Un caso parecido, con jóvenes de menor edad que Leopold y Loeb, y con un niño como víctima, tuvo lugar hace pocos años en Inglaterra cuando dos muchachos secuestraron en un centro comercial y machacaron vilmente con piedras a un niño, al que todos pudimos ver captado por una cámara de seguridad cariñosamente cogido de la mano de su captor y camino del martirio. Si en este caso los asesinos fueron puestos en libertad y en manos de psicólogos bajo nueva identidad, yo desconocía que Leopold, al que se le conmutó una cadena perpetua, acabó sus días en Puerto Rico, donde cruzó su vida durante unos días con Sammy Davis Jr, de gira por la isla.

A partir de esta anécdota ha construido Aponte Alsina una novela fascinante e irregular en su parte final. Hipnótica en sus mejores momentos, y dotada siempre de una prosa rica y sensual, la autora pone a su forense a diseccionar cadáveres y reconstruir memorias, como un escritor cualquiera. Los personajes a los que revive el escritor son muertos: “Que abandonen sin horror el cuerpo propio, que entren y salgan a gusto de la eternidad. Que no se conformen con morirse”.

Aquí está una de las claves de la belleza de esta novela sorprendente, que reflexiona sobre la muerte y la música, la carne y la debilidad, la monstruosidad y la belleza, lo pútrido y lo bello. Una novela donde se mezcla el Rat-pack de Sinatra con los crímenes de un asesino, las disecciones de una forense –disecciones de cuerpos y del sentido del amor o el decaimiento del cuerpo- y la permanencia de una momia, Irenaki, que da tumbos por San Juan y llega a enamorarse de Carmen, una leprosa desdibujada.

Explicar “Sexto sueño” sin duda puede llevar al lector a la incredulidad, pero leerla conduce al disfrute. De alguna manera, Violeta Cruz, con nombre y corazón de bolero, imagina la vida que pudieron llevar los muertos de su memoria, pues ella cuenta desde la vejez, y al darles vida, al diseccionarlos para reconstruirlos como monstruos de Frankenstein –“Yo seré una ruina humana, un montón de retazos pegados de cualquier modo, en comparación conmigo Frankenstein era Apolo. Pero nunca, en los años que tengo, he cancelado un show”, dice Sammy Davis Jr.- mete sus manos en las vísceras repitiendo el proceso del escritor –también forense, también desenterrador de memorias- sobre sus criaturas.

Pocas veces puede leerse sobre la muerte y sus procesos destructivos, las gusaneras en que nos convertimos, con tal sensualidad y mórbida belleza. Como un autor del romanticismo desembarcado en el Caribe, Marta Aponte escribe páginas gloriosas sobre las “Artes fúnebres”, las “Ars moriendi” que atraviesan la historia de la humanidad desde los embalsamadores egipcios a los forenses actuales que certifican las causas de la muerte de las víctimas de nuestros criminales, tan queridos y tan odiados.

Aponte es consciente de que sin maldad ni muerte no habría literatura y construye una pirámide de sugerencias, que a veces caen en el disparate. La última parte de la novela, desde que se encuentran Sammy Davis y Nathan Leopold, se hace tan incomprensible y visionaria como la segunda mitad de “El obsceno pájaro de la noche”, y nos deja –o me deja, mejor- con mal sabor de boca, porque esperaba un desarrollo triunfal de la estructura, si bien es cierto que la coda final de la historia explica perfectamente la concepción de Violeta Cruz como una ensoñación que nos trasmite otra y dentro de esa, otra, que está muerta y es expresión y gesto de un delirio, quizás el delirio que contemplamos en los últimos momentos de nuestra vida.

No sé dónde reside la magia de Aponte Alsina: es difícil imaginar una novela tan funeraria y al tiempo tan viva. Sus cortos capítulos se van sucediendo y despiertan nuestra atención con facilidad. Es una novela que engancha, y que cuenta la muerte con gracia pero a la vez con rigor científico, y como los antiguos pintores flamencos, la corrosiva expresión de nuestra decadencia puede estar contaminada de la ironía y la sorna, en una espiral de incontinente variedad.

Recomiendo “Sexto sueño”, y le fascinará a quien le guste la novela gótica o decadente, sensual o atrevida, vanguardista o clásica. Es una novela múltiple, con un lenguaje riquísimo y una primera mitad maestra, capaz de hipnotizarnos más allá de sus excesos, y además es un nuevo acierto en el catálogo de esta recién nacida editorial, veintisiete letras, que promete muchos gozos de este tipo.

“Mi cuerpo es una cárcel. Sammy y Nathan llevaban la cárcel en el cuerpo. De un tiempo a esta parte, este cuerpo mío, voluptuoso, que tanto cuidé y mucho me enseñó, es mi enemigo. Se apresura hacia la muerte mientras yo sigo empeñada en hacer. Entro y salgo del desconcierto de mis horas seniles con la sensibilidad refinada. Desde la lucidez de un sueño más profundo que el más hondo de los sueños vigilo mi cuerpo amante y peligroso. Me le escondo a este cuerpo traidor que se obstina en quedarse calvo, en llamar a la muerte. Soy infiel a mi cuerpo, pero lo adoro.”

Extraída del blog El síndrome Chéjov http://elsindromechejov.blogspot.com/