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Un homenaje a la carne después de la muerte. Entrevista a Marta Aponte Alsina, por Jorge Rodríguez
La Vocero de Puerto Rico, 09/02/2008

Diseccionando cadáveres, a la vez que va tejiendo un hilo de cariño con sus muertos, la protagonista de esta nueva novela de Marta Aponte Alsina, Sexto sueño (Veintisiete Letras, Madrid, 2007), se forja toda una idea de la muerte cual si se tratara de una autodescomposición continua, mientras va embalsamando, como recurso narrativo, sus recuerdos.

¿En cuál profundidad mental de la escritora surgió toda esta tenebrosa idea?

—La publicación de un libro marca el verdadero final de su escritura. Ese final es también el primer paso hacia el olvido del autor y de sus móviles. Pocos escritores, si alguno, recuerdan el origen de sus obsesiones. Yo sólo puedo ofrecer una interpretación, tan frágil como la de cualquier lector. Este libro tiene que ver con la muerte y con los consuelos y artimañas que hemos inventado para enfrentarnos a lo inevitable.

Esta novela maneja personajes reales como el de Nathan Leopold, quien asesinara a un niño junto a su amigo sólo por placer. Nuevamente, ¿cómo se le ocurrió diseccionar su cadáver en términos de ficción?

—Leopold fue un ornitólogo aficionado. Embalsamaba pájaros. Siendo todavía un niño llegó a tener una colección de 3000 pájaros embalsamados. Tenía, además, un carácter imponente. Nunca pudo sobreponerse al estigma de su crimen. Para contar a semejante personaje hacía falta un personaje que fuera su igual en fortaleza y conocimientos. Ese personaje es una de las narradoras de la novela. La anatomista intenta comprender los móviles del asesino. De paso, siente el deseo de "domesticar" su violencia.

¿No está acaso rescatando a ese personaje siniestro dentro del catálogo universal de personajes puertorriqueños? ¿Por qué?

—Rescatar sólo en el sentido de explorar la violencia, un tema determinante en la historia del siglo pasado. Nathan Leopold, un asesino en rehabilitación, formó parte del entorno social de la Isla: colaboró en estudios sobre la lepra, preparó un informe sobre el sistema carcelario, enseñó matemáticas en la Universidad de Puerto Rico, asistía a tertulias en casa de Nildita Vientós Gastón. Era la otra cara, si quieres, de un ser angelical como Pablo Casals, no obstante, se integra, como Casals, a todo un grupo de exiliados fascinantes. La historia de esos extranjeros y sus miradas a la Isla me interesa. Sus acercamientos son reveladores de sus imaginarios, pero también nos llevan a percibir el fenómeno Isla de otras maneras, más allá de los mitos escolares y de nuestras ingenuas fantasías.

De toda esa vida que usted le ha puesto y cuenta de Nathan Leopold, ¿cuánto es verdad y cuánto es mentira?

—Todo es mentira, incluso algunos datos históricos que descubrí al leer los libros que se han escrito sobre Leopold y su autobiografía Life Plus Ninety-Nine Years. Por ejemplo, hay evidencia documental que indica el deseo de Leopold de inventar una vacuna contra la lepra. Pero un libro hecho de palabras que conforman una trama es un objeto diferente. No es la "realidad" misma. Además, como en Puerto Rico la conciencia histórica es mínima, todo lo que se cuenta deviene ficción gracias al olvido.

Desde El cuarto rey mago a La casa de la loca, ya existía un desenfreno por parte de la autora de alucinar sus acciones; pero que en Sexto sueño, aunque los inventos son más crueles, ¿no le parece que ahora la narración está muy controlada y posee mucho de filosofía?

—Dediqué años a la redacción de esta novela. Ese tiempo extendido es uno de sus ingredientes. Cuando llegó la hora de editarla, ya las diversas relecturas y reescrituras habían generado ese rasgo de pensamiento o reflexión dentro de la novela.

¿Tomó alguna clase de entrenamiento para conocer los recovecos físicos y mentales de los anatomistas?

—No, si llego a ver una anatomía a todo color me desmayo. Leí libros sobre ciencias forenses y cadáveres. Luego traté de olvidarlos y de inventar mis propios protocolos de disección.

Leopold diseccionaba a las aves y Violeta a los humanos, ¿deseaba enfrentar a esos mundos científicos para tratarlos morbosamente como hace o para mantener esa analogía como una constante de las caracterizaciones de los personajes?

—Permíteme opinar sobre el morbo. En este libro es muy sutil, hay más bien un intento de exorcizar el morbo, como si Violeta dijera "no me queda más remedio, pero prefiero no regodearme en ello". A Violeta le interesa descubrir rasgos de vida en los muertos. Se caracteriza a sí misma como "tanatocida". Es ingenua; la muerte se le figura como un desperdicio inaceptable.

¿De dónde rayos salió Sammy Davis Junior y después con una madre puertorriqueña?

—Sammy Davis Jr., él Sammy Davis histórico, era hijo de puertorriqueña. A Pedro Bengochea, caficultor e historiador de Castañer, le debo el dato de que Leopold fue empresario de un espectáculo de Sammy en la Isla. Esa es la explicación anecdótica. La literaria va por otro rumbo. Los personajes que se juntan en esta novela, Sammy, Leopold y la momia del Museo de la UPR, llegan a la isla por motivos que parecen conmover a poca gente. No entiendo por qué. Quizás esa falta de imaginación y ese temor a dialogar con lo diferente expliquen que hayamos caído en penosas encerronas que nos impiden entender y superar situaciones políticas y sociales. A mí, por el contrario, me atraen los objetos y los seres abandonados, enigmáticos.

Algo bastante complejo pero presente a través de toda la novela, es el deus ex machinae de la autora, un nivel narrativo atractivo, intrínseco y literal en la obra. Después de dar vida y muerte a los personajes, y de llegar a más de 70 años de edad la protagonista, al final les desvela como de papel y tinta, entre las manos de los lectores. ¿Cómo construyó ese nivel sin que le tentara en reprogramar la trama?

—No quería hacer una novela realista, no me interesa ese tipo de narración con pretensiones de verosimilitud. La literatura "realista" es tan "literaria" como la "poética". Responde a unas convenciones que el autor recibe ya hechas, es heredera de otros textos, no de la "realidad" misma. Ese final de corte realista o documental pretende ubicar al lector analítico, ese que se preguntará, de "qué profundidad mental" sacó la autora todo esto. Pero para jugar un poquito con la muerte y con esos personajes extravagantes, preferí la voz de Violeta.

Las escenas eróticas y la momia como fetiche constituyen una gran revelación para una mujer autora (aunque ya se tienen a Rosario Ferré y Mayra Montero). ¿Le fue difícil hacer ese tipo de deshabillé?

—Bien sabes que hasta hace muy poco, cuando entran en escena narradores como Emilio del Carril, la literatura erótica ha sido el predio casi exclusivo de las mujeres, con hermosas excepciones, por ejemplo algunos cuentos de Ramos Otero y ciertos libros de Rodríguez Juliá. No es lo mismo desnudarse en la calle que en un libro. Para desnudarse en la calle sí hace falta valor. Admiro a una Carla Capalli, y a sus causas. En los libros te protege esa maravillosa aspiración a la libertad que es una de las más nobles del ser humano.