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Cruz de olvido, por Julio Ortega
Babelia, El País, 16/02/2008

«Hay tanto dolor, que es de reír», escribió un testigo del siglo XVII, y esa definición del mundo al revés anuncia una forma narrativa que conoce hoy su mayor desarrollo. Carlos Cortés (Costa Rica, 1962) ha escrito una novela desolada y poderosa sobre la generación que vio derrumbarse la revolución sandinista en Nicaragua y corromperse la utopía democrática en Costa Rica. Viviendo el contrasentido, Martín Amador («como la mayoría de los periodistas, tenía algo que ocultar») abandona la revolución que también él ha traicionado; reconoce que la culpa es la conciencia, y que la memoria («cruz de olvido») es una economía de la muerte.

De la revolución a las becas del Nacional Endowment for Democracy, los periodistas, «como yo mismo, habían comenzado en la ultraizquierda y terminaron en la ultraderecha, que es la evolución natural». La verdad es sólo una apariencia. Sucesivas máscaras revelan la «conspiración permanente». Al volver a su país, el asesinato de su hijo y los dólares en su cuenta bancaria devuelven a Martín al absurdo “costarrisible”. Le han pagado por adelantado un trabajo sucio (la droga y las armas son el negocio del poder) y la prensa encubre la verdad sobre su hijo.

Lo reprimido regresa con el poder, irrisorio y corrupto. El presidente (el Procónsul) es «sólo nuestra imagen reflejada en un vaso de ron». El simulacro multiplica sets, bares, “gay-tos”. Lo grotesco presupone que la verdad es improbable. «Qué lástima que la verdad no se parezca a la buena literatura sino a la mala y que sea tan mediocre como la vida». La duda y el humor intercambian su crudeza. Réquiem del siglo XX en Centroamérica, esta conmovedora novela hace del horror comedia y de la tragedia espejo.