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Aromas del mejor Isherwood, de Fernando P. Fuenteamor Extraída de Divertinajes.com He vuelto a Christopher Isherwwod dos veces en un relativo corto espacio de tiempo. La primera al releer su magnífica Un hombre soltero ─una novela que el «divino chismoso» de Truman Capote adoraba─, y cuya relectura ha sido propiciada por su paso a la pantalla en la inesperadamente temperada versión cinematográfica realizada por el modisto Tom Ford con un Colin Firth extraordinario en el papel protagonista. La segunda gracias a la reedición de una de sus novelas cortas más sutiles, frescas, amenas, y plenas de esa ironía inglesa marca de su autor sobre su paso por el mundo del cine en los años precedentes a la segunda guerra mundial: me estoy refiriendo a La violeta del Prater que aparece ahora en Veintisiete Letras en una traducción debida, como en la anterior edición de Alianza, al gran Jesús Pardo Santayana, quien recrea con absoluta perfección el exquisito inglés del autor de las más conocidas Adiós a Berlín y Crónicas berlinesas que sirvieron de base al mundialmente famoso musical de Bob Fosse, Cabaret.
Quiero hablar de La violeta… Estamos en el Londres de la preguerra. Un productor inglés encarga al protagonista ─el mismo Isherwood─ escribir el guión de una película musical de título
La relación de estos dos personajes va permitir a Isherwood hacernos reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad, y aunque la conclusión a la que llega pueda parecernos pesimista, por el camino ha desgranado ante nuestros ojos esa facilidad suya para retratar personajes inolvidables, la mayoría de las veces basados en personajes reales, dotándolos de un aura literaria que los sobrepasa y termina destruyendo su auténtica personalidad para convertirlos en un ente de ficción como le sucedió a Jean Roos, en la que se basó para crear a su inolvidable Sally Bowles ─y que en su vida real terminó siendo más el personaje que ella misma─. Así, por las páginas de
La agudeza en los diálogos, el humor y la ironía que destilan le ayudan a situarnos en el centro de ese rodaje del que se sirve para desplegar sus agudas dotes de observador y su maestría en la creación de atmósferas y en la manera de hacernos empatizar con los protagonistas.
Una pequeña joya, en pocas palabras.
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