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Cartas al camarada Stalin, por Horacio Vázquez-Rial Reseña extraída del suplemento Libros-Libertad Digital Empiezo a escribir esta nota el 9 de marzo de 2010: mañana, día 10, se cumplen exactamente setenta años de la muerte de Mijail Bulgákov, el autor de una de las dos mayores novelas escritas en Rusia en el período soviético: El maestro y Margarita –la otra es Vida y destino, de Vasili Grossman–.
También un 10 de marzo, sólo que tres años antes, en 1937, hace setenta y tres, había muerto Evgeni Zamiatin, quien, con Nosotros (1926), fue el precursor de todas las distopías que alumbró el siglo XX, desde Un mundo feliz de Huxley (1932) hasta 1984 de Orwell (1949).
Sirvan, pues, estas líneas de piadoso homenaje en fecha tan señalada.
El libro que reseño, Cartas a Stalin, publicado en Madrid por veintisieteletras, así, en minúsculas, una editorial muy joven en el mejor de los caminos, lleva en portada los nombres de los dos ilustres autores.
Ambos padecieron bajo el poder
de una revolución en la que habían creído y en la que tal vez aún creyeran en
el momento de su muerte: Bulgákov soportó en cierto sentido la situación hasta
los 49 años de su edad, cuando un problema renal que él, como médico, debía de
conocer bien lo llevó a la tumba (1940); no me atrevo a decir que fuera una
rendición, un suicidio por desistimiento, pero estoy convencido de que algo de
eso debe de haber habido. Zamiatin consiguió casi milagrosamente permiso para
abandonar
En ese largo camino de
sufrimiento que, con las excepciones de Ilia Ehrenburg –astuto superviviente
que dejó jirones de sí mismo en el esfuerzo– y Mijail Sholojov –un lamentable
obsecuente premiado por
En resumen: Stalin llamó para
decirle a Bulgákov que habían leído, él y los camaradas, su carta –como si
hubiera sido una sola– y preguntarle si lo que quería era marcharse de
Ese diálogo, en una u otra
versión, se convirtió en una leyenda, fue conocido por todo el Moscú
intelectual y alimentó en incontables víctimas la esperanza de que un día
sonara el teléfono y al otro lado estuviese Stalin para prometerle algo. Tan es
así que la escena forma parte de Vida y destino, donde el que recibe la llamada
es un judío y matemático acosado por sus compañeros porque no secunda el
esfuerzo de guerra con sus especulaciones, porque no contribuye desde las matemáticas
puras a la industria socialista, otro apestado. A éste, Stalin le dice que
continúe con su trabajo, que también es necesario para
Las cartas a Stalin son prueba de un sometimiento y una esperanza que hoy resultan patéticas. Sin embargo, si se trata de entender –no es fácil– la fuerza de la revolución, sólo comparable a la de 1789, se comprenden. Y revelan algo que no suele ser tenido en cuenta: que Stalin podía haber gobernado durante muchos años sin recurrir al terror porque la confianza en él era generalizada; pero, por una parte, era un monstruo al que el terror complacía, con un profundo desprecio por los demás, y, por otra, ni siquiera él podía detener la maquinaria que había puesto en marcha: poseía el poder absoluto, pero su ejercicio no podía ser únicamente personal, tenía que repartir con los inferiores, los ministros, los funcionarios del partido, los dirigentes obreros de las fábricas, los torturadores, los carceleros y un largo etcétera. Stalin se llevó por delante a veinte millones personas, cosa que no cabe hacer por propia mano: hay que delegar, y delegar significa dar poder al verdugo, un verdugo de múltiples apariencias: el asesino, el aquiescente, el temeroso, el ambicioso, el violento...: complete el lector por sí mismo esta inagotable lista.
Esta edición de las cartas tiene algunos valores añadidos: una buena versión española, una notable ausencia de erratas y, sobre todo, un prólogo realmente autorizado y sentido de Marcelo Figueras. Aquel de mis lectores que haya visto la asombrosa Kamchatka, la mejor película sobre el terror de Estado que yo haya visto, y de la que Figueras es guionista, comprenderá que se trata de un hombre con una percepción especial de esa situación extrema, que no corresponde exactamente a su generación: cuando yo empecé a vivir lo que se cuenta en el filme, él tenía diez años. Y sólo catorce cuando las juntas militares argentinas tomaron formalmente el poder que venían ejerciendo hacía tiempo.
Muy recomendable. Todo.
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