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Signo, por Recaredo Veredas Noticia extraída de La línea recta ¿No es leer el mundo la actividad a la que, queramos o no, dedicamos nuestra vida? ¿No ha condicionado –o, más bien, creado- la palabra escrita toda nuestra perspectiva? Leer el mundo * transcurre entre los remotos comienzos de la escritura y la era digital, abarcando así toda la peripecia del homo typographicus. Sí, peripecia: este peculiar ensayo posee un fuerte carácter narrativo y un desenlace inevitablemente abierto. Porque el fin nunca se dará, podrá modificarse el soporte pero nunca la necesidad de la lectura, aunque sea en formatos y géneros que ahora ni siquiera podemos vislumbrar. Desde el título Víctor Bravo plantea una lectura completa y homogénea sobre la inmensa importancia que posee la lectura en nuestras vidas. Su recorrido es, paradójicamente, revelador, breve y exhaustivo. Nos permite tomar distancia respecto de lo que consideramos, con demasiada facilidad, obvio y captar de nuevo las inmensas limitaciones del lenguaje, que nos ayuda a definir, a abarcar el mundo pero también lo amputa. Además vincula la reflexión, el contenido puramente filosófico, con la información directa, ejemplificada en el salto del libro al periódico o en la historia del papel.
Consigue que en pocas páginas, apenas 200, y abarcando numerosos temas, el libro no sea un repaso apresurado de temas fundamentales, sino una provocación a la reflexión y una invitación a nuevas lecturas. Comienza en los abismos, describiendo la supuesta superioridad de las culturas escritas sobre las orales. Se remite a tiempos muy lejanos, cuando las culturas orales podían disponer de la totalidad del mundo, sin la limitación de los signos. Porque, según sus propias palabras, el alfabeto rompe los lazos concretos y obligantes con la referencia. Lentamente la escritura obliga al hombre a enfrentarse con el hombre, le adentra en un debate irremediable e irresoluble a un tiempo No obvia cuestiones complicadas, como la siempre difícil relación de la literatura con el poder, que en tiempos cercanos ha alcanzado niveles de elevada sofisticación, en los que los límites ente la oposición al poder y su apoyo se difuminan considerablemente.
Además plantea numerosas preguntas al lector, le sugiere lecturas y le obliga a replantear su mirada sobre el hecho literario. Y, sobre todo, como enuncia en sus conclusiones: ¿Para qué leer, si lo real es lo que sucede, si el suceder de las cosas arrastra todo a su paso? Porque, supongo, no nos queda otra opción. Porque la necesidad de conocer, de interpretar el mundo, es superior a nosotros mismos.
*Leer el mundo. Víctor Bravo. Veintisiete Letras. 2009. |
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