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Martín Cerda

Martín Cerda  nació en Antofagasta, al norte de Chile, en 1930. Animado por la lectura de Ortega, a los veintiún años se traslada a París para estudiar Filosofía y Derecho en la Sorbona. Allí entra en contacto con la obra de los grandes pensadores del momento, que él, a su vuelta, dará a conocer en su país mediante conferencias y su asidua colaboración en numerosas publicaciones nacionales y extranjeras. En 1970 se exilia en Venezuela, donde colabora como asesor de la editorial Monte ávila y dirige el suplemento cultural del diario La República.


En 1982, tras su regreso al país, publica La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo. Dos años más tarde asume la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile. En 1987 publica Escritorio, en el que reflexiona sobre el oficio del escritor.


Con una beca de la Universidad de Magallanes, se instala en 1990 en la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, en Punta Arenas. Al poco tiempo, esta residencia sufre un incendio que destruye casi por completo su biblioteca personal, sus notas y los manuscritos, próximos a ser publicados, de varios libros sobre los que venía trabajando apasionadamente: entre ellos, Montaigne y el Nuevo Mundo, Crónicas de viajeros australes y un ensayo sobre Roland Barthes. A consecuencia de esta catástrofe, se derrumba y sufre una dolencia cardiaca, de la que muere el 12 de agosto de 1991.


Las recientes recopilaciones de sus artículos y la reedición de sus obras lo confirman como un referente intelectual ineludible. Para él, como afirmaba en 1968, «las ideas trabajan siempre con el futuro. Son el aporte humilde que un hombre, visualmente apaleado por la adversidad, la soledad y la incomprensión, hace a otros hombres que, desde el próximo horizonte, anuncian que todavía es posible otra vida».


Sólo dos libros en vida

 

Puede sorprender que Martín Cerda sólo publicara dos libros en vida. Andrés Fisher da la explicación en la introducción de esta edición: «Conviene también retomar la situación particular del autor y del entorno sociopolítico y cultural en el que le tocó vivir, que nos dará claves para situar más precisamente su trabajo y calibrar la magnitud de la tragedia, asemejable a la de José Asunción Silva, que marcó el final de su vida al tiempo que truncó su obra.»

 

Efectivamente, Martín Cerda trabaja en el Chile progresista de los sesenta, un país de iconos como Salvador Allende, que llega al poder democráticamente en 1970, o Pablo Neruda, Nobel en 1971. Forma parte de la elite intelectual chilena junto a poetas como Jorge Teillier, Enrique Lihn, Braulio Arenas, Nicanor Parra o Teófilo Cid, novelistas como Enrique Lafourcade, Jorge Edwards o José Donoso y críticos como Alfonso Calderón o Luis Sánchez Latorre. Su actividad es intensa: imparte conferencias y talleres literarios y publica sus innumerables ensayos en periódicos como Las últimas Noticias o La Nación y en revistas como PEC o Ercilla. Fisher confirma que planeaba también «proyectos de libro aunque siempre fiel a lo que le escribiera a Teófilo Cid: "valga solo decir que la primera responsabilidad, la más elemental y primaria, es la de no publicar libros superfluos"».    

           

Tras el golpe militar de 1973, Martín Cerda, hombre abiertamente progresista, decide partir a Venezuela en una suerte de autoexilio. A su regreso, en los ochenta, a un Chile que procura recuperarse de la dictadura, no resulta sencillo manejar la precariedad casi innata de la vida de un hombre de letras y, en este caso, casado y con cuatro hijos. No obstante, en 1982 se publica su primer libro, La palabra quebrada, que obtiene inmediato y unánime reconocimiento.

 

En 1985 asume un cargo público de trascendencia en el mundo intelectual: la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, que desempeñará hasta 1987. Fisher recoge las palabras del escritor Ramón Díaz Eterovic: «Su labor como presidente de la SECH fue un grito rebeldía, necesario y oportuno en años en que era preciso defender la palabra y la dignidad del escritor».

           

En 1987 publica su segundo título, Escritorio, y «comienzan a tomar cuerpo otros proyectos de libro sobre los que Cerda trabajaba hacía años y que estaban llamados a ser hitos en la obra de un escritor que se encontraba en plena madurez creativa.» (Fisher).

 

Fisher explica la tragedia que sobrevino:

 

«Obtiene una beca para ser escritor residente en la Universidad de Magallanes –en Punta Arenas, la ciudad más austral de Chile– y un contrato para publicar los tres libros que se encontraban en proceso, que debía terminar en el transcurso de su estancia patagónica y que reflejan las preocupaciones intelectuales que le acompañaron a lo largo de su vida. Los libros eran Montaigne y el Nuevo Mundo, Crónicas de viajeros australes y un ensayo sobre Roland Barthes. Martín Cerda parte al sur en 1989 y regresa periódicamente a Santiago durante las vacaciones. Como en las del invierno de agosto de 1990, donde viene satisfecho del progreso realizado en los libros así como en su interacción con los escritores y estudiantes locales. En esa estancia en Santiago recibe la noticia que la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, donde residía en Punta Arenas, ha sufrido un incendio, lo que le hace regresar inmediatamente para comprobar que la totalidad de su trabajo, así como la notable bibliografía que había llevado consigo, habían ardido completamente.

           

Así, el utilizar la palabra tragedia para referirnos al hecho no constituye en absoluto una exageración. Y la tragedia opera por partida doble, para el autor al ver desvanecerse el trabajo de años y para el mundo de las letras, al perder irreparablemente unos libros que habrían sido la culminación de una obra cuya lectura y relectura solo acrecienta la magnitud de la pérdida.»

 

A los tres meses del incendio Martín Cerda sufre un infarto cardíaco que requiere cirugía. No se recupera de complicaciones surgidas tras la intervención y muere a los sesenta años en Santiago de Chile en el invierno de 1991.

 

 

BIBLIOGRAFíA FUNDAMENTAL

 

En los últimos años, bajo el impulso de su amigo y colega Alfonso Calderón, la obra de Martín Cerda está siendo objeto de cuidadas recopilaciones y reediciones, que confirman el indudable interés por el pensamiento de este autor fundamental que se presenta por primera vez en España.

 

La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valaparaíso, 1982

 

La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo. Escritorio, Tajamar Editores, Santiago, 2005.

 

Escritorio, Galinost-Andante, Santiago, 1987

 

Ideas sobre el ensayo, recopilación de Alfonso Calderón y Pedro Pablo Zegers, Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos (Biblioteca Nacional de Chile), Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 1993

 

Palabras sobre palabras, recopilación de Alfonso Calderón y Pedro Pablo Zegers. Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos (Biblioteca Nacional de Chile), Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 1997

 

Escombros, recopilación de Alfonso Calderón, Ediciones UDP, Santiago, septiembre 2008.

 

 

TESTIMONIOS

 

«Martín Cerda, casi el único lector posible», Juan Luis Martínez.

 

«Mago de la precisión… quería que siempre todo estuviese a punto, por lo menos en un proyecto razonable… quería observar cómo se mostraba el mundo, a pesar de nosotros, y qué mitologías de consuelo abundaban en él», Alfonso Calderón.

 

«El más radical y sabio de los ensayistas de este país», Hernán Ortega Parada.

 

«Cuando uno revisa hoy los libros de Martín Cerda se da cuenta de su facultad de anticiparse a las lecturas de los demás», Roberto Merino.

 

«Más que preocuparse de cómo vivir, sus esfuerzos estaban en cómo pensar», José de la Fuente A.

 

«Martín fue el intelectual no preparado para la sórdida vida. Le advierto hoy como el arquetipo del hombre de pensamiento en esta América bárbara y miserable, aún en andrajos de fondo, vestida con efímeros terciopelos y sedas, que considera a sus maestros, a sus profesores, a sus filósofos, a todo aquel que piensa y discrepa, materia desechable, expósitos de la verdadera vida, parias de la sociedad de hombres “rentables” que marchan hacia las grandes macroeconomías», Enrique Lafourcade.

 

«Seguidor de Ortega, lector insaciable, formado a la francesa con la influencia aún poderosa de Sartre, fue un pesimista no lúgubre, partido en dos por el relámpago de la vida. No abordó el problema de la existencia con facilidad o felicidad (…) En la modesta función que tienen el escritor y el filósofo en el mundo moderno, no transigió con la mediocridad, la mentira o las variadas triquiñuelas que permite la escritura a los infieles. Siempre manejó la rienda corta. Pensaba, luego escribía. A mano. Después, pasaba a máquina», Marta Blanco.